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RELATO DE ALEX TORT

Hatshepuchi de Egipto

Josep Lobató y Puchi en esta ocasión son faraones egipcios... ¿Tienes un relato? Envíalo ya a ponte@europafm.es

Alex Tort | Europafm.com | Actualizado el 16/09/2017 a las 21:04 horas

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Mi triunfo ante los persas liberaba al pueblo egipcio de las atrocidades de años y años sufriendo todo tipo de desdichas, saqueos, profanaciones y violaciones a sus mujeres.

Los faraones nos habían preparado una fiesta de celebración para agradecer nuestra labor ante su pueblo, gesto que nos enorgullecía después de tan duro esfuerzo.

Una gran felicidad me invadía en mi interior, al ver cómo habíamos conseguido tal gratificación de aquella gente. Un soldado egipcio mediante señas me guiaba hacia el interior del templo.

La servidumbre mezcla de hombres y mujeres, servían diversos manjares, no podía dejar de observar todo aquello, ya que hacía meses que no comía nada que se asemejara a lo que estaba divisando, las sirvientas vestidas con transparentes vestidos hacían que aquello fuese de lo más sensual, ya que si los manjares hacían que me inquietara, qué decir del tiempo que hacía que no estaba con una mujer.

De repente a pie de la escalera, todo se detuvo, unos tambores empezaron a sonar, acompañados por unos sonidos de trompetas muy agudas y en aquel instante pude notar como pasé a ser el centro de atención de todo el personal que allí había.

Giré la cabeza para poder ver qué sucedía, el soldadoseñaló hacia la parte alta de la escalera y un enorme trono de oro y preciosas piedras apareció de la nada, con el faraón Lobató sentado en él, su semblante serio parecía no ir acorde con el momento que se estaba celebrando, cosa que debo reconocer me impresionó, a la vez que me puso nervioso.

Repentinamente, hombres con el torso desnudo aparecieron por mi derecha, cada uno con unas estrechas y largas trompetas, hacían que un fuerte sonido saliese de ellas intuyéndose que iba a dar paso a algún acontecimiento, y así fue.

Ese momento quedó grabado en mi retina, para el resto de mis días, por detrás del trono apareció ella, resplandeciente como si realmente de la Diosa Isis se tratase, era la esposa del faraón, la faraona Hatsepuchi, su espectacular cuerpo descendía por la escalera, contoneándose de un modo que hacía que mi nerviosismo aumentase cada instante, era preciosa, una oscura y lisa melena, que caía por el lado de su rostro complementada con extensiones doradas y sobre su cabeza una impresionante corona de oro en forma de serpiente decorada con preciosas piedras verdes, aquellos excitantes carnosos labios rojos y sus fascinantes y grandes ojos azules de nuevo agrandados por aquellas líneas egipcias hacían que ante mí se encontrase la mujer más preciosa que jamás había visto, su vestido semitransparente hacía intuir sus perfectos pechos donde la culminación de sus pezones se marcaban con claridad como si de aquel vestido quisiesen salir.

Mi nerviosismo no era digno de un comandante romano, pero aún no sé por qué razón, no era capaz de esconder aquel extraño sentimiento que se abría en mi interior. Por miedo a cometer algún error, hice una reverencia y me alejé de ellos para siempre.

Sentí temor por no poder soportar aquel exceso de belleza ante mí, y perder una batalla que no tenía que comenzar. Desde entonces la veo cada noche en mis sueños y ella también me ama.