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RELATO DE IRENE SEMPERE

El libro

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Irene Sempere | Europafm.com | Actualizado el 22/10/2015 a las 17:48 horas

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Esa tarde el café le supo más amargo de lo habitual. Pero a pesar del mal trago que había pasado aquel día, allí se encontraba como cada tarde.

Sus dedos danzaban abarcando todo el teclado de aquel ordenador, escribiendo mil y una historias que ideaba su cabeza sin descanso.

Un romance trágico esta vez, algo diferente a lo que acostumbraba. A veces, obligaba a su cerebro a frenar la tormenta de ideas para fijarse en la silueta que se encontraba al otro lado de la calle, a través del gran ventanal.

Una figura que podía divisar dentro de otro establecimiento. Ella se encontraba leyendo una novela que Josep conocía a la perfección. Una novela que había nacido desde lo más profundo de su propio corazón.

Siempre estaba allí: en la misma tienda, frente al mismo estante, con el mismo libro entre sus manos. Al menos, esa tarde pudo deleitarse una vez más con aquellos inquietos ojos tan vivos y que tanto le atraían.

Josep sonrió con ligereza, volvió su mirada hacia la pantalla y continuó con su escritura.

Laura leía cada una de las dulces palabras que se encontraban plasmadas en aquel papel que olía extremadamente bien. Olía a nuevo, a libro recién abierto. Ese aroma que le enamoraba.

La historia le tenía inmersa en un mundo imaginario, completamente en las nubes, lejos de la realidad que tan monótona le resultaba.

Su traviesa mirada escapó por un momento de aquel mundo de fantasía para fijarla en otro lugar, en aquella figura: siempre en la misma cafetería, en la misma mesa, incluso en la misma silla. Él escribía algo que Laura jamás podría adivinar: ¿acaso era una tesis?, ¿un artículo?, ¿un ensayo?, ¿una novela como aquella que sostenía entre sus manos?

Su cabello dorado ondeó sutilmente al volver la mirada al libro, mientras pensaba que ya iba siendo hora de adquirir ese ejemplar tan ansiado, después de tardes y tardes dedicándole unos minutos en la tienda.

Definitivamente, tenía que volver al día siguiente con el dinero suficiente. Con suerte, también le vería a él.

No había transcurrido la primera hora de la tarde del día siguiente cuando Laura ya había acudido a la librería de siempre, dispuesta a cumplir su propósito.

-Esto es un regalo para usted –le distrajo el dependiente de la librería.

Sus párpados se abrieron desmesuradamente cuando el joven le entregó su preciado ejemplar, ese por el cual acudía cada tarde.

- De parte de aquella persona –la mano del vendedor se alzó hasta señalar a través de la ventana.

Y allí estaba: en la misma cafetería, en la misma mesa, en la misma silla. Otro día más podía disfrutar de aquella vista, de aquellas manos moviéndose ligeras, tecleando letra por letra. Pero no, esta vez no escribía: él se limitaba a mirarle y a sonreír.

Al abrir la tapa del libro, Laura pudo comprender al fin lo que ocurría:

“Siempre en la misma tienda, frente al mismo estante, con el mismo libro entre tus manos. Ahora es tuyo y dedicado por mí, la persona que lo ha escrito. Disfrútalo en casa tranquila, pero aun así…no te olvides de volver mañana. Josep.”