Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.

Disfruta de la app de EuropaFm en tu móvil.

RELATO DE MARINO GARCÍA

Entre el gentío de la estación

El amor imposible protagoniza el relato de Marino García. Escribe el tuyo y envíalo a ponte@europafm.es

Marino García | Europafm.com | Actualizado el 16/09/2017 a las 21:04 horas

Europafm.com

Europafm.com / Ponte a prueba

Ella sonrió entre el gentío de la estación. Yo la vi. ¿Cómo no verla? De piel clara y cabello oscuro era aquella mujer, sin lugar a dudas, la más hermosa.

Sonreí también. Me atreví a mirarla y ella me devolvió la mirada complacida. Un rubor rosáceo invadió mis mejillas, y con torpeza, miré al suelo.

Yo la amaba, eso era innegable. Pero nadie más debía saberlo. Únicamente mi terco y remendado corazón. Sólo él.

Sara. Había oído su nombre al ser pronunciando por la boca de otro. Por aquel tipo que la esperaba entre el gentío de la estación, y al que parecía que ella amaba.

Él era joven, fuerte y tenía robado el corazón de la única mujer que, por alguna razón, me parecía remotamente inaccesible.

No le odiaba pese a todo. Le envidiaba, pero no le odiaba.

Tenía que conformarme con verla, a lo lejos y en silencio, entre el gentío de la estación.

-Yo también estoy enamorada. - me interrumpió de pronto la voz de aquella mujer - Desde hace más de veinte años. Pero nunca me atreví a decírselo.

Si no recordaba mal, aquella mujer de cabellos del color del trigo respondía a nombre de Laura. Le había visto muchas veces allí. Al parecer esperaba, entre el gentío de la estación, a aquel viejo amor que nunca iba a volver. Pero eso no importaba en ese momento.

Sólo existía aquella mujer de piel clara y cabello oscuro. Le volví a buscar, y un regusto amargo me inundó el corazón. Se había ido con el hombre que le estaba esperando, tras desbordar su pasión en aquel beso de bienvenida.

Miré a un lado. Al otro. Fui capaz de recorrer cada rostro con desesperada tibieza. No la encontré. Ella se fue y yo, por enésima vez, fui derrotado en el fragor de aquella interminable batalla.

Sonreí cuando resbaló una lágrima por mi mejilla. Me volví y deshice aquel camino, tan mío y tan ajeno al mismo tiempo, jurando no volver a recorrerlo nunca más. Fue entonces, sólo entonces, cuando tropecé de nuevo con aquella mujer de cabellos del color del trigo. Ella me observaba en silencio y a lo lejos. Y en aquel momento entendí al fin, entre el gentío de la estación, que el hombre al que llevaba esperando más de veinte años, era yo.