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RELATO DE MARINO GARCÍA

Entre el gentío de la estación

El amor imposible protagoniza el relato de Marino García. Escribe el tuyo y envíalo a ponte@europafm.es

Marino García | Europafm.com | Actualizado el 22/10/2015 a las 17:41 horas

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Ella sonrió entre el gentío de la estación. Yo la vi. ¿Cómo no verla? De piel clara y cabello oscuro era aquella mujer, sin lugar a dudas, la más hermosa.

Sonreí también. Me atreví a mirarla y ella me devolvió la mirada complacida. Un rubor rosáceo invadió mis mejillas, y con torpeza, miré al suelo.

Yo la amaba, eso era innegable. Pero nadie más debía saberlo. Únicamente mi terco y remendado corazón. Sólo él.

Sara. Había oído su nombre al ser pronunciando por la boca de otro. Por aquel tipo que la esperaba entre el gentío de la estación, y al que parecía que ella amaba.

Él era joven, fuerte y tenía robado el corazón de la única mujer que, por alguna razón, me parecía remotamente inaccesible.

No le odiaba pese a todo. Le envidiaba, pero no le odiaba.

Tenía que conformarme con verla, a lo lejos y en silencio, entre el gentío de la estación.

-Yo también estoy enamorada. - me interrumpió de pronto la voz de aquella mujer - Desde hace más de veinte años. Pero nunca me atreví a decírselo.

Si no recordaba mal, aquella mujer de cabellos del color del trigo respondía a nombre de Laura. Le había visto muchas veces allí. Al parecer esperaba, entre el gentío de la estación, a aquel viejo amor que nunca iba a volver. Pero eso no importaba en ese momento.

Sólo existía aquella mujer de piel clara y cabello oscuro. Le volví a buscar, y un regusto amargo me inundó el corazón. Se había ido con el hombre que le estaba esperando, tras desbordar su pasión en aquel beso de bienvenida.

Miré a un lado. Al otro. Fui capaz de recorrer cada rostro con desesperada tibieza. No la encontré. Ella se fue y yo, por enésima vez, fui derrotado en el fragor de aquella interminable batalla.

Sonreí cuando resbaló una lágrima por mi mejilla. Me volví y deshice aquel camino, tan mío y tan ajeno al mismo tiempo, jurando no volver a recorrerlo nunca más. Fue entonces, sólo entonces, cuando tropecé de nuevo con aquella mujer de cabellos del color del trigo. Ella me observaba en silencio y a lo lejos. Y en aquel momento entendí al fin, entre el gentío de la estación, que el hombre al que llevaba esperando más de veinte años, era yo.