Crítica de 'La bola negra', una película ambiciosa sobre Lorca y la memoria queer que brilla en los detalles
La bola negra es el segundo largometraje de Javier Ambrossi y Javier Calvo, pero también la película española más esperada del año por su premio a Mejor dirección en Cannes, por los largos aplausos recibidos en festivales y por su presencia en las apuestas de los Premios Oscar. La larga espera hasta su estreno el 25 de septiembre convierte la obra en un acontecimiento, pero ante todo es un homenaje a Lorca y una reivindicación del colectivo queer que brilla cuanto menos ambiciosa intenta ser.
Esto dice la crítica sobre el Lorca de 'La bola negra': ¿homenaje o mercantilización?

La bola negra es el proyecto más ambicioso de Javier Ambrossi y Javier Calvo. En apenas dos horas y media, la película narra una historia sobre la memoria queer dividida en tres tiempos e inspirada en la figura y la obra de Federico García Lorca donde la represión de la guerra civil española genera un impacto en la época contemporánea. A esto se suma un amplio reparto con estrellas veteranas y jóvenes promesas.
La historia combina tres tiempos distintos: Carlos (Milo Quifes) vive en 1932 y encarna el único personaje abiertamente homosexual escrito por Lorca en su novela inacabada; Sebastián (Guitarricadelafuente) es un joven trompetista que llega al bando nacional en 1937 y que cae rendido ante Rafael (Miguel Bernardeau), del bando republicano, y Alberto (Carlos González) intenta seguir adelante a pesar de los problemas que atraviesa en 2017 y que le terminan vinculando con el poeta.
Las tres tramas están entrelazadas e inspiradas en la novela inacabada de Lorca —de la que Los Javis conservan el título— y en La piedra oscura (2015), una pieza teatral de Alberto Conejero. El poeta comenzó a escribir La bola negra en 1936, año en el que fue asesinado. Como homenaje, los cineastas deciden darle su propio final a la novela. Un atrevimiento que funciona, da sentido al filme y reivindica la literatura como un arte vivo, mutante y compartido. Porque la obra original sigue ahí, y ahora también tenemos una película emotiva que recoge el testigo de Lorca para denunciar la homofobia del pasado y del presente.
A Carlos le rechazan como socio de un casino por ser homosexual —le sacan la bola negra, y él mismo encarna ese símbolo—, Sebastián se ve obligado a esconder su sexualidad para sobrevivir y Alberto descubre el silencio imperante alrededor de las historias queer de la guerra civil española. Varias secuencias fusionan estas tres historias en un alegato por la memoria histórica. Por ejemplo, justo después de que descarten a Carlos del casino, Alberto aparece teniendo sexo con un hombre de Grindr; mientras Carlos toca el piano, Rafael sale herido. Sin embargo, la banda sonora también funciona como división entre cada tiempo, pues el año 1932 está dominado por instrumentos de cuerda, mientras en el 1937 predomina una banda sonora de viento.

Entre la poesía y la explicación
A través de Lorca, La bola negra transita entre la poesía visual —con la nieve como símbolo protagonista— y la poesía recitada —a través de El amor duerme en el pecho del poeta—, pero también recurre a diálogos sobreescritos entre personajes que rompen la magia de las metáforas. Esto encaja con el propósito de Los Javis por llegar a un público masivo a través de ideas innovadoras que retratan explícitamente su intención discursiva. En este sentido, su segundo largometraje incorpora líneas de guion algo obvias sobre el machismo y la homofobia que imperaban, concretamente, en los años 30 en España.
Esa búsqueda por un impacto global también se percibe en la participación de Penélope Cruz, quien interpreta a una cupletista que protagoniza dos escenas musicales que apenas tienen un pequeño impacto en el desarrollo del personaje de Sebastián, o de Glenn Close, que da vida a una historiadora que reivindica la homosexualidad de Lorca y que explica todo el contexto alrededor de su novela inacabada.

Sin embargo, no todo está subrayado. En una escena de La bola negra, Sebastián recorre el cuerpo desnudo de Rafael sin llegar a tocarle. La cámara sigue el movimiento de la mano en plano detalle y en un travelling que condensan la tensión erótica del momento y que representa la imposibilidad de vivir su sexualidad con libertad en el contexto de la guerra civil española. Sin diálogo, esta escena resume la intención de la película a través de la imagen y no de conversaciones explicativas o de secuencias más ambiciosas en cuanto a producción.
Guitarricadelafuente, un gran descubrimiento
Álvaro Lafuente, conocido artísticamente como Guitarricadelafuente, debuta como actor dando vida a Sebastián. Su interpretación está llena de detalles y es una de las más sinceras del largometraje, erigiéndose como el mayor descubrimiento actoral de La bola negra. Su trama es la de 1937 y está coprotagonizada por Miguel Bernardeau, que da vida al republicano Rafael Rodríguez Rapún sin llegar al nivel emocional de Guitarricadelafuente.

El cantante, ahora también actor, transmite la represión del personaje y su conflicto interno: necesita fingir ser parte del bando nacional para sobrevivir. En una escena, apunta con un rifle a Rafael para intimidarle, pero en su rostro y en su nerviosismo se percibe que no tiene ninguna intención de dispararle.
En otra secuencia, Guitarricadelafuente recrea la ansiedad que sufre el personaje ante la violencia. Alejado del mundo, empieza a tocar la trompeta para aliviar el dolor. Muy revelador es el pequeño pero brusco gesto con el que rompe una ventana para que todo el mundo le escuche. Con la misma sensibilidad, la mirada del actor crea momentos de un fuerte componente sexual o transmite su profunda pasión por la música. Hacia el final, su cuerpo muestra una incomodidad absoluta por lo que se ve obligado a hacer.