EL NACIMIENTO DE UN MITO

De sus primeros taconeos al 'Ni canta ni baila': los complicados inicios de Lola Flores, la inmortal Faraona

Ni canta ni baila es el primer capítulo de la nueva serie documental Lola, de Movistar +, en la que se repasa la vida y obra de una de las artistas más grandes del mundo de la copla y el flamenco: Lola Flores.

Rosario y Lolita en la presentación del documental 'Lola'
Rosario y Lolita en la presentación del documental 'Lola' // Getty

Madrid 04/11/2021 19:02

Lola Flores nació siendo la artista que España no sabía que necesitaba. Ya en sus andares de niña se intuía un talento que terminó rompiendo las costuras de los miles de trajes de flamenca que lució durante toda su carrera. Lola, el último documental de Movistar + sobre la figura de La Faraona, repasa en su primer capítulo, Ni canta ni baila, la infancia y juventud de una artista que no solo cambió el paradigma musical, también ayudó a desempañar la denostada imagen de las bailaoras de flamenco.

Infancia y primeros taconeos

Lola Flores nació sumergida en el mundo tabernario de Jerez de la Frontera. Al contrario de lo que ahora se puede pensar, ser bailaora en los años 20 estaba muy mal visto. A ojos de la gente, las mujeres que bailaban eran el último reducto de la sociedad, prostitutas que vivían en los bajos fondos de las ciudades. Era un universo marginal, desbordado de pobreza.

Aunque en su DNI aparece la fecha real de su nacimiento, el 21 de enero de 1923, Lola tuvo la picaresca de modificarlo para quitarse edad. "Encima del tres hay un ocho dibujado", cuenta Lolita, su hija, en este primer episodio, en el que también han participado otros familiares y rostros conocidos del mundo del arte.

Su padre regentaba un bar que frecuentaban numerosos hombres, los primeros que aplaudieron el talento de una jovencísima Lola Flores que bailaba la suerte del toro encima de la mesa cuando todavía era una niña. La jaleaban, pero su padre no quería que le dieran dinero: no eran mendigos.

No fue hasta la irrupción de los medios de comunicación cuando la influencia del flamenco comenzó a llegar a otros estratos sociales. La radio cambió poco a poco la banda sonora de un país que pronto vería su luz apagada por la miseria de la guerra. Pero la puerta de entrada de Lola Flores al éxito no llegó con la radio, sino con el cine. Los musicales de la época contaban una historia banal, sin fantasías, y la actriz principal se llevaba todo el protagonismo. Las dos grandes intérpretes de la época, Imperio Argentina como cantante de copla y Pastora Imperio como gran gitana bailaora, fueron sus grandes referentes.

"El talento se tiene o no se tiene"

La formación académica de Lola era escasa, muy limitada. "Creo que mi madre fue al colegio pero tampoco fue mucho tiempo", cuenta Lolita, recalcando que tener estudios en aquella época era algo fuera de lo común. Las mujeres estaban relegadas a la vida casera, a limpiar la casa, a cuidar a los hijos. "Todo lo que se salía de la casa estaba mal visto", destaca María José Llergo.

Tampoco fue a ninguna academia de baile, pero no le hizo falta. A su hija Lolita se le llena la boca de orgullo: "El talento se tiene o no se tiene". Y Lola Flores lo tenía.

Las coplas y la 'antimujer' española

Estalla la guerra el 17 de julio de 1936 y las cosas se complican para todos. Muchos intelectuales y artistas no tuvieron más remedio que exiliarse, pero el mundo de la copla sobrevive y comienza a desprender el encanto de lo prohibido. Las protagonistas de las películas musicales eran la 'antimujer' española: eran la otra, la amante, la mujer engañada, la poderosa, eran objeto de deseo cuando el deseo no podía existir.

La escritora Valeria Vegas compara en el documental estos cantes con una actual canción de trap. Para muestra, un botón: el Yo Soy Esa de Isabel Pantoja, cuya letra dice "soy la que no tiene nombre, la que a nadie le interesa".

Traslado a Madrid en plena posguerra

Después de atisbar los primeros síntomas de fama y ya bautizada como Imperio de Jerez, la familia entera decide hacer las maletas e instalarse en una pensión de Madrid. Lola había conseguido un contrato de 12.000 pesetas para trabajar en una película Martíngala, de Fernando Mignoni, y había que probar suerte. "Era lo propio. Triunfar primero en tu tierra y luego llegar a Madrid", destaca Andrés Peláez, del Museo Nacional de Teatro. "Comíamos lo justo", recuerda Carmen Flores, hermana de La Faraona, que tenía tres años cuando llegaron a la capital. Era la posguerra y el reconocimiento se hizo esperar.

Gracias al Maestro Quiroga, Lola Flores consigue algunos trabajos. Poco tardaría entonces en conocer con Conchita Piquer, un popular encuentro que tuvo más tinte de encontronazo. Famosa es la frase que Piquer pronunció cuando se topó con Lola: "dónde vas tú con el pedigrí", le dijo, y La Faraona no lo olvidó nunca.

Los cafés del Norte fueron una carrera de fondo. Lola y su compañía giraban por todo el país para actuar en teatros fríos, ferias y verbenas, y la compensación económica era muy escasa. "Los camerinos eran los establos", cuenta Lidia García, del podcast ¡Ay compañeras!. Las bailaoras se intercambiaban vestidos y ellas mismas los remendaban para salir al escenario.

Con El Lerele, tema que cantaba en el espectáculo de Mari Carmen, llegó "el escándalo de Lola", como lo describe su hermana Carmen. Cautivó al público: llegaban los primeros destellos del éxito.

"Acudí a pagar con mi cuerpo la deuda contraída"

Los apuros económicos para crear su propio espectáculo la llevaron a dejarse querer por un "protector" que patrocinó su primer show a cambio de favores sexuales. Un episodio que, aunque avergonzó a la Faraona, no hace otra cosa que confirmar la nula independencia y los escasos recursos que tenían las mujeres de la época. Cualquiera que no contara con el respaldo de un hombre era una fulana.

"Me citó en el Hotel Nacional, y allí acudí a pagar con mi cuerpo la deuda contraída. Cuando llegué a mi casa y les llevé a mis padres las 50.000 pesetas, les dije: ‘Nunca me preguntéis de dónde saco esto’. Sus ojos se llenaron de lágrimas", dijo, ya convertida en La Faraona en el documental El coraje de vivir. Para Mala Rodríguez no hay debate sobre el tema: "Solo una puta puede llamar puta a otra puta", zanja. "Ole mi madre", exclama Rosario, sin pudor.

Con el dinero conseguido y la voz del cantaor Manolo Caracol, Lola Flores puso en marcha Zambra, un show que duraría seis años y que terminó pasándole factura personal. Aunque fue un auténtico éxito en taquilla -incluso se hizo un anís con la imagen de los dos intérpretes-, Lola se enamoró del cantaor y a su lado vivió un auténtico infierno. Sobre las tablas derrochaban pasión y se intuía la atracción sexual, pero era "un hombre imposible de tratar" en palabras de la propia Lola. Caracol estaba casado y tenía hijos.

"Le pegaba, parece ser. La maltrató. Tengo la voz de mi madre contándomelo", recuerda Lolita. "Eran amantes y cuando estaban enfadados se veían en el escenario", dice Rosario. Esta relación de abuso llevó a Lola a coquetear con determinadas sustancias. Estaba agotada de actuar. "Me ponían platos de cocaína delante", dice la propia Lola Flores, que según sus hijas podría haber sufrido más de un aborto en aquella época. No quería tener hijos hasta casarse, lo tenía muy claro.

En 1951 se acabó Zambra pero empezó un nuevo contrato, esta vez internacional. Cesáreo González la fichó para varias películas, programas de televisión y una grandiosa gira por América. La Faraona cruzó el charco con toda su familia. Hicieron shows diarios durante seis meses. Estaban explotados. "Trabajamos a morir. Dos funciones en el teatro y otra después, por la noche. Estábamos vestidas de artista desde las cuatro de la tarde", recuerda su hermana Carmen en Lola.

Visitaron decenas de países. México, Argentina, Brasil, Venezuela... Y entonces el New York Times hizo su mítica reseña: "Ni canta ni baila, pero no se la pierdan". Había nacido La Faraona.